| REVISTA ESTE PAIS NO. 11
REVISTA MENSUAL - MAYO 2007
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Este ejemplar ya incluye el suplemento de literatura Op. Cit.
Bowles y yo
Un largo crepúsculo en Tánger
por Rodrigo Rey Rosa
Hace 26 años ya que puse pie por primera vez en Tánger. “Se
parece a Sicilia, con algo de Grecia y del sur de España también,
sin los camellos”, iba pensando, semidormido, con la cabeza pegada
a la ventana de un viejo autobús escolar que me llevaba,
junto con una cincuentena de estudiantes norteamericanos, del
aeropuerto de Boukhalef a la Escuela Americana de Tánger en su
dirección de la rue Cristophe Colomb, que hoy tiene el nombre
milyunanochesco de Harrún er-Rachid. Alamedas de sauces,
álamos y cipreses romanos se sucedían unas a otras a orillas del
camino entre prados y colinas; las amapolas asomaban entre el
trigo casi maduro, las adelfas anunciaban la humedad en los arroyos
secos, y las palmas brillaban bajo el sol con el horizonte azul
oscuro del Atlántico a lo lejos. No sé por qué, todo esto me causaba
una sensación de bienestar, como si estuviera bajo el efecto de
una droga, y ya en aquel somnoliento trayecto en ese autobús destartalado,
después del vuelo desde Nueva York, Tánger parecía
hacer una promesa de aventuras.
La mayoría de los estudiantes eran neoyorquinos, pintores o
fotógrafos en ciernes, pero en el grupo íbamos también algunos
aspirantes a escritor que queríamos mostrar nuestro trabajo a un
autor cuya imponente obra yo había comenzado a leer apenas
tres o cuatro semanas antes de emprender aquel viaje, pero cuyo nombre
los estudiantes pronunciaban con un respeto casi temeroso:
Paul Bowles.
Norman Mailer, el viejo sabelotodo y cascarrabias, proclamaba
en 1959, en su libro Advertisements for Myself: “Paul Bowles opened
the world of Hip. He let in the murder, the drugs, the incest, the
death of the Square.” Y el ácido Gore Vidal, nada fácil en sus preferencias,
decía en su introducción a los Collected Stories, publicados
en 1979: “Los cuentos de Paul Bowles están entre los
mejores que hayan sido escritos por un norteamericano... Así como
Webster vio la calavera debajo del cuero cabelludo, Bowles ha
visto lo que se esconde detrás de nuestro cielo protector-un interminable
flujo de estrellas tan parecidas a los átomos de los que
estamos hechos que, al percibir esta terrible infinitud, experimentamos
no solamente horror, sino también familiaridad.”
Esa tarde, después de una ligera refacción en el comedor común
de la escuela y el discurso inaugural de algún profesor, los estudiantes
fuimos designados a nuestros dormitorios, y creo que
todos dormimos. El sueño que tuve durante mi primera siesta
tangerina me pareció un buen presagio, aunque no fue particularmente
placentero. Fue un sueño claro, y un cuarto de siglo más
tarde lo recuerdo vivamente. Fue un sueño del tipo que yo llamaría
“de la presencia invisible”, una clase de sueño que experimento
con alguna frecuencia. Se trata de una escena estática. El soñador
se encuentra en un cuarto idéntico al cuarto en el que duerme. El
sueño replica fielmente las circunstancias, la realidad del durmiente.
Pero de pronto hay una incongruencia: sin llegar a ver o a
oír nada extraño, el soñador sabe que no está solo en el cuarto.
Hay alguien ahí, fuera de su campo de visión, en completo silencio.
El soñador se siente observado. Quiere volverse, hacer frente a la
presencia, que podría ser hostil a este “existencialista de línea dura” como había oído que se referían
a Bowles mis colegas mayores.
Creo que fue durante la primera sesión, pero pudo ser una semana
más tarde, cuando Bowles aclaró que él no se consideraba un maestro,
y que no creía que se pudiera enseñar a escribir ficción a nadie.
Si había accedido a dar este taller a pesar de su escepticismo, era
porque el director de la escuela logró convencerlo de que había gente
dispuesta a pagar dinero para que él leyera unos manuscritos y
emitiera su opinión sobre ellos, y eso era todo lo que se proponía
hacer. Y agregó que no lo habría hecho si no fuera porque en aquel
momento ese dinero le caía muy bien, pues no era ni mucho menos un
hombre rico. Alguien debió de preguntarle si no se había enriquecido
con sus libros. Lo cierto es que Bowles aseguró que el éxito literario
de un libro (la única clase de éxito que debía importarle a un escritor
serio) no podía asegurar ganancias monetarias, y aunque los libros a
veces daban para vivir, no solían enriquecer a la gente que los
escribía. “Si alguno de ustedes está aquí porque cree que yo puedo
enseñarle a escribir best-sellers y que con eso va a ganar dinero,
está en el lugar equivocado”, se sonrió.
Para nuestros discursos de presentación, nos pidió que incluyéramos,
además del lugar de nacimiento y el tiempo que llevábamos
de escribir en serio, a nuestros autores o libros favoritos. No
recuerdo a qué autores mencioné además de Borges, pero sí recuerdo
que a Bowles esto le llamó la atención. El que yo fuera guatemalteco,
además, hizo que al terminar la clase se me acercara para decirme
en español que él había viajado por Guatemala y por México, y que
si el inglés no era mi lengua materna, que escribiera en español,
que él no tenía dificultad para leerlo. Borges era también un autor
de su predilección, agregó, y lo leía en español-y, como me enteraría
más tarde, él había hecho la primera traducción de un cuento de
Borges al inglés*.
En la próxima sesión Bowles propuso que, en vez del salón de la
residencia estudiantil, como lugar de reunión usáramos su apartamento,
que estaba cerca de la escuela. Ahí podría ofrecernos una
taza de té mientras discutíamos nuestro trabajo, nos dijo, y creo
que nadie se opuso a la idea. El chofer, que se llamaba Abdelouahaid,
podría llevar a los más viejos (la mayoría de mis colegas de taller
rebasaban la cincuentena) de la escuela al inmueble Itesa; los más
jóvenes podíamos ir a pie.
Extracto del artículo Bowles y yo en el Suplemento Op. Cit. de la Revista Este País.
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