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La Blasfemia Gótica
Julio Mendizábal García

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LA BLASFEMIA GóTICA
JULIO MENDIZáBAL GARCíA
[MAGNA07-09]
Artículo #:  559

Este producto esta en nuestro catálogo desde martes 08 mayo, 2007.
PRECIO:  $6.00
DESCRIPCION

Título: La Blasfemia Gótica

Autor: Julio Mendizábal García

Género: Narrativa

Número de páginas: 128

ISBN: 99939-69-31-1

Precio: $6 USD

Año de publicación: 2005


La Blasfemia Gótica Género: Narrativa Autor: Julio Mendizábal García


I

Una puerta barroca tallada en relieve sobre madera de
cedro se abre. Muestra un salón pequeño, cálido, amueblado
con dos sillones y un sofá de cuero rojo escarlata. En
una de las esquinas se impone una estatua a escala natural del
David de Miguel Ángel. A su lado, reposa un aparador de caoba
que protege una vajilla de porcelana. Al centro una mesa de
mármol esculpida con motivos de uvas y hojas de vid. Todo a
media luz, aromatizado con perfumes dulces y desinfectante
de lavanda.
Dos leños ardientes se consumen lentamente en la chimenea.
Sobre ésta hay tres candelabros de bronce, curvilíneos
y elegantes. A pocos metros se distingue un arco de mármol
sostenido por dos columnas corintias que comunican al
comedor, decorado con más sobriedad que la sala adjunta. Ahí
hay una mesa ovalada, una araña de cristales que cuelga desde
el centro del techo y que se mece a merced del viento. En un
costado del cuarto se exhibe una ventana alta y rectangular; las
paredes tienen tapiz de papel verde con rallas carmín.
En el comedor Miranda acariciaba el afelpado mantel de
la mesa. En ese momento cenaba sola, con desgano y la mirada
perdida en el asiento vacío que su hijo Kianto Mújica rara vez
ocupaba. “Solo lo tengo a él”, repetía para consolar su aburrimiento.
Pero Kianto no estaba consciente de ello. Su demencia
le cegaba el corazón.
La habitación del hijo tenía pocos detalles: máquinas de
escribir abandonadas, un equipo de sonido desgastado sobre
una cómoda antigua, único mueble que jugaba con los tonos
obscuros de la pieza. Calzoncillos y calcetines dispersos en el
suelo, candelas y veladoras negras que exhalaban aroma a
potpurrí con cera amarilla. Candiles japoneses en la alfombra
polvorienta. Todo indicaba el reflejo de una vida arácnida, vacía,
insípida y dolorosa: la de Kianto, quien mantenía el desafío de
vivirla sin aplomo, con el cinismo admirable de los rebeldes.
Mientras su madre lo extrañaba en el comedor con un
potaje manoseado al frente, él lloraba todas las noches porque
no toleraba su incapacidad de adaptación social. “Ya todo es
imposible”, murmuraba Miranda con el semblante molesto.
No existía antídoto capaz de menguarle a Kianto el dolor
que le provocaba su mente enferma. Su cruz era luchar contra
él mismo: un engendro humano, divino y apasionado. Le
costaba aceptarse diferente y confrontar las consecuencias de
su forma alienada de ser. Creció entre los escorpiones que recogía
de la tierra húmeda que dejaba el invierno. Cazaba estos
insectos en los sitios baldíos del Centro Histórico de la ciudad,
para clavarse en la piel los aguijones excitantes. No era un rito.
Era un narcótico estimulante del cual era secuaz. Habían días
en que no le satisfacían dos alacranes sino que debía remover
los rincones de su casa, limpia y embelesada, para inyectarse
veneno de alacrán, que a su juicio alterado, confundía por alacranes.
Llegó el momento extremo en que dormía entre escorpiones
malolientes que escapaban de los frascos de vidrio en
que los criaba y que por descuido dejaba destapados por
doquier. Nunca se asqueaba. “Si duele es porque sientes”, contestaba
tartamudeando a su madre si ella lo agarraba desprevenido
bajo el nocivo efecto del veneno. Esta noche la música
gótica realza el placer que viene del escorpión en los torrentes
sanguíneos del joven. Una vez Miranda le preguntó ¿Qué se
siente? Y él respondió “como la distancia entre mi cuerpo y el
de alguien cercano”.


 

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