Título: Diccionario de escritores Guatemaltecos
Autor: Carlos López
Género: Diccionarios
Número de páginas: 391
Precio: $35.00 usd
Año de publicación: 2006

Introducción
La literatura guatemalteca explora la realidad humana, social y natural de un país configurado por una multiplicidad étnica difícil de asimilar en el concepto de nación. Gran parte de su desarrollo histórico se ha generado en el afán permanente de resolver el conflicto de su diversidad.
Desde los manuscritos de la cultura maya-k’iche’ se escucha la palabra poética de quienes habitaron esta región centroamericana, en su comprensión mágico-mítica del mundo. La primera forma de literatura española que se dio en América es la crónica. Juan Rodríguez Freyle ubica en la centuria de 1538 a 1638 los relatos de El carnero, crónica escrita entre 1636 y 1638 (pero publicada, por primera vez, hasta 1859), en Colombia. Aun así, Carlos Fuentes considera que el primer novelista en América fue Bernal Díaz del Castillo, quien formula su discurso literario detrás de una requisitoria económica (tema central de la crónica). En la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (escrita en 1568 y publicada, por primera vez, en Madrid, en 1632) rige la intención de persuadir al lector del merecimiento que se le debe al escritor como protagonista de lo que él considera una empresa imperial y civilizadora. Díaz del Castillo, debemos recordar, vivió en Santiago de los Caballeros, Guatemala, y fue regidor, es decir, fue parte del poder político colonial, lo que explica el carácter de su discurso.
Tal consideración nos mueve al estudio y análisis de las características en la literatura latinoamericana. La riqueza de ésta diluye cualquier reduccionismo clasificatorio. Más que a su localización según las coordenadas de épocas y géneros —tarea de la historia literaria—, es necesario redefinirla, en el sentido de una nueva lectura y escritura que permita apreciar el alcance de sus planteamientos. Mientras persista la percepción decimonónica del texto literario, las escuelas, las generaciones y las fronteras entre géneros se seguirán presuponiendo como premisas universales e inamovibles. Esta visión ahuyenta a los lectores y a los estudiantes de la literatura.
Una perspectiva —entre las diversas que se han formulado— es la que pregona que la literatura es una cuestión social. Es necesaria una nueva interpretación de la labor literaria latinoamericana. Las esferas de la cultura en una sociedad no tienen historia propia; su historia, la lógica que rige su funcionamiento y desarrollo se encuentra fuera de ellas:
La esfera literaria, relativamente autónoma por su misma especificidad, y poseedora de determinada «tradición» en cada situación concreta, no tiene, sin embargo, una historia propia, es decir, una lógica intrínseca capaz de explicar las líneas fundamentales de su movimiento histórico. La lógica de su desarrollo no es, en última instancia, otra cosa que la historia de las determinaciones sociales que rigen los procesos de producción y reproducción de la literatura, incluyendo entre estos últimos los mecanismos de promoción/represión institucional, la labor llamada «crítica» y los demás efectos de la ideología sobre el «gusto», la educación y la formación de «públicos»[1].
Al respecto, habría que decir que en los programas de estudio oficiales se notan las preferencias ideológicas de quienes planifican los contenidos escolares, donde se incluyen textos literarios, en los que prevalece la tradición costumbrista, naturalista, folclórica, no los libros en donde se tratan temáticas que abordan la problemática socioeconómica o historicopolítica de los guatemaltecos. Desde la escuela primaria se impulsa a ciertos autores, no siempre a los más representativos de la literatura de calidad. A esto se agrega la formación de lectores por medio de la recepción crítica de los textos, por parte de quienes hacen las reseñas en los medios de comunicación guatemaltecos, que están en contubernio, a veces de manera inconsciente, con las políticas públicas de los regímenes políticos.
Por otra parte, la censura —y los avatares de quienes la evaden con diversos mecanismos para sobrevivir— y la autocensura son dos problemas mayores, que se suman a las dificultades que los autores deben enfrentar, las mínimas de alimentación, vestido, casa.
Se trata de acceder a las obras ya no sólo para respondernos dónde están éstas y proceder a su descripción, sino para aventurar preguntas nuevas: ¿qué dicen?, ¿por qué dicen?, ¿quién habla desde el otro lado del texto?, ¿con quién dialoga? Pero, para que esto sea posible, se debe solucionar antes la etapa de la datación y el cuidadoso recuento del acervo literario generado por una sociedad.
Éste es el principio motor del presente diccionario, que recoge información biobibliográfica de escritores cuya trayectoria individual, vista en el conjunto de su circunstancia social, nos reporta datos significativos: varios de ellos han sido funcionarios públicos en distintas administraciones; inclusive, dos ocuparon el máximo cargo de la administración pública (Antonio José de Irisarri, de manera efímera, en Chile, y Juan José Arévalo, durante la frágil democracia que vivió Guatemala de 1944 a 1954); algunos se exiliaron, otros fueron asesinados o premiados
[2].
La secuela de lo anterior dejó un saldo negativo, pues los que sobrevivieron a los distintos regímenes políticos que padeció y sufre en la actualidad el país tuvieron que someterse a los designios de los gobernantes, por cooptación, por conveniencia o para cumplir un papel denigrante que la historia registra en todos los tiempos y en todo el planeta, la de ser los jilgueros del poder.
Los autores que reúne el diccionario
La literatura guatemalteca es compleja por el tratamiento y las diversas corrientes que se agrupan en ella y por el papel que desempeñan quienes la ejercen. Abarca desde clásicos prehispánicos como el Popol vuh —el libro k’iche’ más famoso en el mundo— hasta La oveja negra,de Augusto Monterroso. Parte de la diversidad cultural de las veintitrés etnias que pueblan Guatemala y de las capas sociales que hablan castellano, pero también el exilio de algunos literatos marca su producción intelectual, tiene distintos rasgos, también multiculturales.
El registro de los creadores es amplio; dentro de los escritores hay desde presidentes hasta combatientes guerrilleros, un premio Nobel de Literatura, frailes, militares, amas de casa, abogados, médicos, en fin, toda la gama imaginable de oficios que se ejercen de manera simultánea con el de escribir. No es novedad que el intelectual latinoamericano desde fines del siglo xix se dedique al periodismo o a la burocracia, para conciliar oficio y productividad. Son excepcionales y notables los casos de escritores que se dedican sólo a la literatura.
En Guatemala no se puede vivir sólo de las letras. Esta suprema actividad intelectual se ejerce, de manera simultánea, con otra actividad productiva remunerada. A pesar de esto, la calidad —producto del rigor, la disciplina, el trabajo con las palabras— es la constante en quienes escriben, más que por placer, por necesidad. Sólo los escritores que reciben subsidio estatal pueden dedicar toda su energía a los libros, pero son notables las excepciones. Esto tiene su explicación en la estructura económica que da soporte al estado guatemalteco y su política hacia la cultura.
En este sentido se pronuncia Huberto Alvarado —escritor que conjuntó su militancia política con la literaria—, asesinado cuando era secretario general del comunista Partido Guatemalteco del Trabajo:
La dependencia del escritor a labores extraliterarias para vivir hace más notoria la calidad de «aficionado» que tienen nuestros hombres de letras. Se es escritor y maestro, empleado público, periodista, profesional o cuando se ha escalado «la fama», diplomático [...]; la gratuidad es una característica del escritor guatemalteco, y esa misma condición de «aficionado» no ha permitido el desarrollo de una mayor calidad en la obra literaria.
Los escritores guatemaltecos que han convertido su vocación en una profesión han tenido que hacerlo en otros países. [...] En Guatemala el intelectual que pretendiera vivir de escribir, tendría la nada halagüeña perspectiva de morirse de hambre [...].
Los muros de una sociedad semifeudal y dependiente frenan el desarrollo de nuestra literatura, ahogan a nuestros escritores y poetas, no permiten la profesionalización de las labores artísticas y literarias, propias de un estadio más avanzado de la sociedad, quiebran las mejores vocaciones, obligan al destierro y deforman el espíritu creador de nuestros escritores[3].
Cuando se emprende una labor cuyo objeto es el agrupamiento de lo disímil, se necesita un punto de referencia a partir del que se relacionen los datos recopilados. Tratándose de literatura y de acuerdo con el fin que se persiga, entre los criterios a seguir pueden figurar el cronológico, el temático o el geográfico. En el primer caso, la función principal es el ordenamiento de manera que una vasta producción literaria resulte accesible —con este principio se imprimen manuales y textos de historia de las letras nacionales para que los estudiantes de secundaria, cuando lleguen a ser funcionarios públicos o empresarios, puedan mencionar con toda propiedad a la generación de literatos que admiran—. En los otros dos casos, se busca establecer una delimitación, por lo general ambigua, de las obras a partir del lugar donde nacieron sus autores, para emprender luego la investigación de los vínculos entre las líneas temáticas y la incierta determinación de un contexto nacional, cosa que no ha sentado las bases de ninguna teoría literaria en Guatemala. Pero no sólo esto; tampoco se ha generado la crítica ni la exégesis de la literatura en el país.
Lejos de ambas propuestas (un diccionario es una herramienta de consulta, que no por sistema confirma la línea ni de la historia, ni de la teoría literarias), he utilizado como método de trabajo la consignación de la obra publicada en una sucesión cronológica, considerando escritores guatemaltecos aun a los nacionalizados (el concepto de la nacionalidad guatemalteca se define, de manera formal, después de 1838, año en que se disuelve la Federación Centroamericana), sin importar la cantidad de años de residencia en el país. El criterio que prevaleció, en este caso, fue la producción literaria, sin importar si ésta se hizo en Guatemala o el autor se asume en dicho contexto, pues, por las peculiaridades extraliterarias anotadas, muchos escritores no pudieron ejercer su actividad creativa dentro del país.
Un ejemplo de lo anterior es Augusto Monterroso, quien nació en Honduras, vivió en Guatemala y se exilió en México, pero él siempre se reconoció guatemalteco y murió con la nacionalidad que adoptó hasta sus últimas consecuencias. Miguel Ángel Asturias fundó la literatura y el concepto de nacionalidad guatemalteca; en el conjunto de su obra se perciben, mejor que en los libros de historia, los trazos esenciales de aquélla. En la novela Viernes de Dolores, escribió: «Los guatemaltecos son mulatos hechos de soledad cansada».
En la producción literaria de cada autor se manifiesta su posición de clase o sus preferencias ideológicas, lo que confirma la base objetiva, material, real, de este arte, por lo menos hasta la mitad del siglo pasado. Por ejemplo, José Milla, considerado el iniciador del género novelesco en Guatemala, situó toda su obra en la colonia y no vio indígenas por ningún lado, y eso que Guatemala es el país con mayor mayor porcentaje de población originaria en América Latina (de los 12 millones de guatemaltecos, 68% es aborigen). José Batres Montúfar, hijo de una familia de la aristocracia empobrecida, participó en la defensa de la ciudad contra Rafael Carrera; Enrique Gómez Carrillo negoció su consulado en París con Manuel Estrada Cabrera; o casos opuestos, como Rafael Arévalo Martínez, que comprendió las implicaciones de un régimen totalitario y fue capaz de integrarlas en su obra, para lo cual recurrió —para evitar la represión— al elemento fantástico, como punto de partida para llegar a una literatura crítica; o los que miraron a su tierra desde el exilio y, con la perspectiva obtenida, recrearon la realidad a partir de su imaginación.
Por otro lado, están los escritores que han tocado la cuestión indígena desde diferentes posturas; Flavio Herrera y su conciencia de clase, la terrateniente, con una visión parcial de la economía guatemalteca; Miguel Ángel Asturias y Mario Monteforte Toledo, con una mirada integral de la circunstancia económica y política del país, y la herencia de una conciencia fracturada de ladinos. Al respecto, Luis Cardoza y Aragón apuntó:
Es en la escritura de Miguel Ángel Asturias que empieza, con fuerza y originalidad, a vivir el indio en las creaciones nuestras, y diría que con él empieza y termina. Tal vez cabría aseverar que Antonio José de Irisarri (1786-1868), una semana presidente de Chile, es quien inicia la novela guatemalteca, y José Milla (1822-1882) es su real fundador. Enrique Gómez Carrillo (1873-1927) también vivió exiliado en Guatemala, olvidó todo lo nuestro, se marchó a los veinticinco años por segunda vez, en 1898, al servicio de «el señor presidente», no volvió nunca más, se naturalizó argentino, y vivió y murió en París[4].
Literatura del destierro
La historia de América Latina es la historia de la ilegitimidad, el despojo, la barbarie, el terrorismo de estado. Déspotas y tiranos se encumbraron en el poder para imponer la dictadura como forma de gobierno. Ramón del Valle-Inclán y Peña escribió, en 1927, Tirano Banderas a partir de esta lacerante realidad de nuestro continente. Un breve recuento de la usurpación del poder por medio de golpes de estado propiciados por los ejércitos latinoamericanos arrojan los siguientes resultados: en sólo 43 años (durante las décadas de 1930 y 1980), se produjeron 117 cuartelazos que derrocaron a igual número de gobiernos. Entre la abundante literatura que trata el tema de las dictaduras latinoamericanas resaltan El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias; Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos; La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán; Maten al león, de Jorge Ibargüengoitia; El reino de este mundo y El recurso del método, de Alejo Carpentier, y casi toda la obra de Gabriel García Márquez. Pero, hasta la fecha, se escriben novelas que narran las historias de las dictaduras; por ejemplo, La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, El seductor de la patria, de Enrique Serna.
En Guatemala, el poeta Alfonso Orantes —escribió Manuel José Arce—, en el entierro del escultor Rafael Yela Günther, dijo como oración fúnebre: «Está visto que en este país, al intelectual y al artista sólo le quedan tres caminos: el encierro, el destierro o el entierro», lo que le valió, a él, la cárcel y, a muchos de los que estaban ahí, el destierro. Eran los tiempos del dictador Jorge Ubico, cuando todavía existía el garrote y la cárcel para los disidentes y críticos del sistema; porque desde 1954
[5] hasta fechas muy recientes, ya no hubo palo ni encierro, a todos se les desaparecía; ésta es la causa por la que no hubo presos políticos en Guatemala.
La actividad intelectual, cualquiera que fuera, siempre se consideró peligrosa por parte del estado y la oligarquía. El escritor era catalogado como sujeto peligroso por partida doble, pues además de capacidad de análisis tenía poder de crítica y denuncia por medio de sus composiciones. Por eso a muchos de ellos se les consideró enemigos del régimen y con ese pretexto se les amenazó, persiguió, desapareció, asesinó. Para salvar la vida, los que tenían posibilidades se desterraron; entre ellos: Rafael Landívar, Antonio José de Irisarri, Miguel Ángel Asturias, Luis Cardoza y Aragón, Carlos Illescas, Otto-Raúl González, Mario Payeras, Carlos Navarrete, Augusto Monterroso, Raúl Leiva, Carlos Solórzano, Manuel Galich, Arqueles Morales, Arturo Arias, Manuel José Arce, Rigoberta Menchú Tum, Pedro Miguel, Mario René Matute, Otoniel Martínez, José Luis Perdomo Orellana, Julio Palencia, Gerardo Guinea Diez, Marco Antonio Flores, Dante Liano.
Al respecto, abunda Luz Méndez de la Vega:
Bajo las represiones, siempre el artista trata de expresarse y, así, lo hacemos muchas mujeres cuando principiamos a publicar, ya por temor a que no se nos repruebe y se moleste la familia, o por exceso de autocrítica y el convencimiento de nuestra vulnerabilidad ante la incomprensión del medio, pero sobre todo, temor a los arcángeles que guardan las puertas de nuestro olimpo literario al que sus consagrados usufructuarios sólo dejan entrar a unos cuantos.
Este temor no siempre es tan pueril (como fue el mío cuando usé el seudónimo de Lina Marqués) sino, por el contrario, es en ciertos casos la única manera de publicar en países como el nuestro y en las épocas en las que las sangrientas represiones de los tiranos ven subversión en cualquier escrito que refleje la realidad dolorosa de nuestro pueblo”[6].
Algunos de los autores que lograron expatriarse compusieron obras literarias (que, quizá, hubieran tenido otro carácter de haberse escrito dentro del país) que merecieron el reconocimiento internacional; entre otros, están Miguel Ángel Asturias, Augusto Monterroso y Luis Cardoza y Aragón.
Otros escritores se quedaron en el país y fueron masacrados; entre éstos, resaltan los nombres de Otto René Castillo, torturado y quemado vivo en la base militar de Gualán, Zacapa; Roberto Obregón Morales, asesinado en la frontera de El Salvador, cuando huía para salvar la vida; Huberto Alvarado, destrozado a balazos por el ejército; Luis de Lion, cuyo cadáver nunca apareció; Roberto López Valdizón, desaparecido en pleno centro histórico de Guatemala; y Óscar Arturo Palencia, asesinado a balazos en la ciudad universitaria. Alaíde Foppa regresó de México a Guatemala en diciembre de 1980, de visita familiar, y fue asesinada, junto con su chofer, por el gobierno de Fernando Romeo Lucas García.
La crítica
Antonio José de Irisarri, en una carta a su hijo Hermógenes, desde hace más de dos siglos resumía el sino del escritor, por un lado, y el carácter de la crítica, por el otro: «He perdido mi fortuna y mi tiempo escribiendo como un tostado o un cristiano errante, sin obtener de provecho otra cosa que injurias y denuestos», afirmaba con amargura. Es importante resaltar el primer aspecto al que hace referencia Irisarri, uno de los más polifacéticos hombres de Guatemala, pues su origen burgués, su lucha política y relación con el poder, los puestos públicos de alto nivel que llegó a desempeñar y las empresas literarias que emprendió, harían suponer que era un hombre con fortuna económica. Pero si él llegó a quejarse de la literatura de esa manera, imaginemos la suerte de la mayoría de escritores que no tienen el perfil de Irisarri. Respecto a las «injurias y denuestos» a que se refiere en el texto mencionado, es sintomático de la tradición, del carácter de la escasa o nula crítica literaria en el país, que va de la descalificación al ninguneo, de la pasión a la desmesura en el elogio, a partir del compadrazgo o la enemistad con los autores. No existe tradición crítica, analítica, de debate a partir de ideas; casi todo se reduce a la anécdota o a la improvisación, a la facilidad del adjetivo, antes que a la sustentación de conceptos. No se hace de manera profesional sino impositiva, solemne; se parte de afirmaciones autorizadas por la celebridad, por el prestigio, la fama, el canon o el gusto personal, no como recomendaba Cardoza y Aragón, como «un posible itinerario de vuelo». Otro aspecto relacionado con lo anterior es que la crítica se ejerce en publicaciones hemerográficas o sólo en la academia; escasea la bibliografía.
Esto no favorece el desarrollo artístico, cultural, del país. Por otra parte, la política educativa nacional no tiene dentro de sus prioridades fomentar las capacidades críticas de los destinatarios de la actividad intelectual. En la enseñanza de las letras se siguen métodos escolásticos y su objetivo es, en primer lugar, informar de manera superficial y abarcar toda la historia de la literatura, antes que profundizar en el hecho creativo, en el arte. No existen estudios filológicos ni de historiografía literaria. Cuando se analiza una obra se le descontextualiza y sólo se atienden los elementos formales que presenta la edición consultada.
Por otra parte, la falta de estímulos económicos y de reconocimiento a los trabajadores de la cultura repercute en las actividades fundamentales de las humanidades: investigación, estudio, divulgación, enseñanza, creación. Además, los pocos medios de comunicación con que contaba la sociedad, hasta hace muy pocos años, no le daban ninguna importancia a la literatura. Y en ninguno de ellos se pagaban las colaboraciones de los escritores, pero éstos tampoco exigían la remuneración correspondiente, pues veían como premio la publicación de su producto intelectual.
En Guatemala, no existe, por parte del gobierno, una política editorial sólida, con visión universal del conocimiento. La única editorial estatal que existía, la del Ministerio de Educación, José de Pineda Ibarra, que cerró sus puertas en 2005, sólo publicaba autores nacionales, la mayoría de ellos seleccionados más con criterios políticos que de calidad. No es casual que ninguno de los mejores escritores guatemaltecos haya publicado con ese sello editorial, ni siquiera en los inicios de su profesión.
La José de Pineda Ibarra era herencia del segundo gobierno de la década revolucionaria de 1944-1954. Bartolomé Costa-Amic, catalán republicano exiliado en México, se trasladó a Guatemala con su maquinaria de impresión y fundó la editorial que en principio era del Ministerio de Educación Pública. Miguel Ydígoras Fuentes la bautizó con el nombre de José de Pineda Ibarra, en 1960, para honrar al primer impresor que llegó a Guatemala. En sus inicios, la editorial tenía una orientación social y creó las colecciones Biblioteca Popular y 20 de Octubre, de las que se hacían tirajes de tres y siete mil ejemplares, que se vendían a 15 centavos cada uno
[8]. Hasta publicaron un libro de poesía de Federico García Lorca. Sin embargo, entre los 500 títulos que salieron de las prensas de esta editorial resaltan ensayos históricos, novelas de costumbres, cuentos del folclore, biografías, memorias, casi todos sin trascendencia para la vida cultural del país.
En 1990 fue fundada la Editorial Cultura, del Ministerio de Cultura y Deportes, pero a pesar de las expectativas que generó en un principio al publicar a un autor censurado por el régimen, Otto René Castillo, degeneró en los mismos vicios de la José de Pineda Ibarra. Si bien mejoró un poco la presentación formal de los libros (los que publicaba la del Ministerio de Educación eran lamentables hasta en el aspecto técnico), no pasó lo mismo con la excelencia del contenido de los mismos.
Aunado al problema de la calidad está el de la cantidad. Para una población de más de doce millones de habitantes se hacen tirajes de 1,000 ejemplares por edición (cosa común en casi toda Latinoamérica). Lo peor de esto es que la mayor parte de los libros se queda en las bodegas y algunos ejemplares se reparten, de manera selectiva, entre los burócratas afines al gobierno.
En cuanto al trabajo editorial universitario, en 1945 fue fundada la Imprenta Universitaria, antecedente de la que sería, a partir de 1971, la Editorial Universitaria, que en 2005 tenía un fondo editorial de más de 500 títulos, de casi todas las áreas del conocimiento. En literatura, es exigua la producción: de su catálogo, no excede de veinte el número de títulos importantes y de diez autores de calidad.
A pesar de que desde la década de los noventa funcionan en Guatemala nuevas casas editoriales guatemaltecas, debido al carácter mercantil que éstas persiguen no fomentan la literatura de calidad sino la que rinde dividendos. Su política es clara: un autor es bueno si deja utilidades. Las empresas transnacionales dedicadas al comercio de los libros nunca habían establecido sucursales en el país. Su incursión había sido mediante la exportación, sobre todo de textos escolares. Desde hace una década, funcionan compañías editoriales de España y México, con distribución local, en donde prevalecen autores extranjeros.
Las empresas nacionales no lograron desarrollar una industria editorial sólida, independiente del estado; además, su mercado es local. En los últimos años se notan más actividades relacionadas con el texto: se llevan a cabo ferias del libro, algunos editores presentan sus impresos en ferias internacionales, se fomenta la difusión de las obras publicadas en varios medios y las editoriales, a regañadientes, poco a poco, cumplen una función social al publicar autores sin cobrarles por eso. Antes, las llamadas editoriales sólo maquilaban el servicio editorial, pues casi todas las ediciones eran pagadas por los autores.
Los premios literarios
La producción literaria se califica y cuantifica de diversas maneras: por un concepto literal del término, en el sentido de que los autores elaboran cantidades industriales de obra (Enrique Gómez Carrillo publicó 87 libros), y por la cantidad de premios ganados:
En Guatemala se agrupa a los escritores por décadas terminadas en cero. La gente ya se ha acostumbrado a esto y cada diez años cree, con mucha ingenuidad, inventar el viejo chiste de llamarles la «degeneración» del año tantos.
Acostumbrados a lo exiguo de la producción nacional, algunos periodistas y algunos conversadores de café (que son los que entre nosotros hacen la crítica literaria y los que consagran y desconsagran) ven en cada autor de un nuevo libro de versos más o menos buenos al artista revelado; en cada triunfador de un famélico concurso municipal a la nueva «promesa de las letras patrias», lo presentan al público casi, casi, como un poeta ex machina para que el público embobado se descubra ante la aparición[9].
En Quetzaltenango se otorga el premio más antiguo del continente americano. La existencia de juegos florales a lo largo y ancho de Guatemala fue, en muchos casos, un rasgo de la sobrevivencia en Guatemala de instituciones literarias con rasgos coloniales. El certamen poético pervivió como filtro para la promoción oficial de algunos autores[10].
Hay una diferencia notable entre la literatura aldeana y la universal, fomentada aquélla por la formación de grupos, asociaciones, generaciones —con frecuencia se clasifica a los autores de esta manera— y por los compromisos ideológicos o de poder que frenan la libertad creativa, la mediatizan o anulan, además de la cooptación, por parte del estado, de las voces disidentes. En el discurso literario también tenemos posturas paternalistas, infantiles y hasta racistas, cuando no mesiánicas, además de un purismo lingüístico exaltado por algunos autores.
El otorgamiento, en 1967, del premio Nobel de Literatura a Miguel Ángel Asturias favoreció la creación literaria en el país y fue un reconocimiento a la literatura guatemalteca; sin embargo, en algunos autores que empezaban su trabajo con la escritura fue notoria la influencia del estilo asturiano.
El desarrollo histórico de la literatura guatemalteca
Las diversas etapas por las que ha atravesado la literatura guatemalteca están marcadas por las literaturas española y europea, en general. Es decir, nuestra literatura está occidentalizada. Desde el Popol vuh —con todo y su cosmogonía, su dualismo y sus aspectos míticos, mágicos, fundacionales de una cultura originaria— se observan influencias cristianas que ya han sido objeto de estudio.
Por otra parte, la Rusticatio mexicana, deRafael Landívar, escrita fuera del continente americano, trajo la expulsión del autor junto con toda la Orden del Real Colegio Universitario de Francisco de Borja. Éste es ya un antecedente de uno de los rasgos que han marcado la especificidad de la literatura guatemalteca: el destierro. La mejor literatura de Guatemala se ha escrito en el exilio.
La narrativa guatemalteca tiene su fundamento en las obras picarescas de Antonio José de Irisarri, a quien se considera el primer novelista de Guatemala; no obstante, hasta la segunda mitad del siglo xix se observa en la obra de Milla lo que se reconoce como una estructura novelesca. Después, Enrique Martínez Sobral escribe novelas de corte naturalista, según la literatura comparada; Gómez Carrillo, Soto Hall, Arévalo Martínez, Drago Bracco y César Brañas son escritores que se insertan en la tradición-ruptura que encierra el modernismo latinoamericano. Flavio Herrera, Asturias y Monteforte Toledo problematizan en sus obras el cruce de lo indio y lo no indio. El resultado desemboca en una serie de novelas memorables por la maestría de su factura.
El máximo exponente del ensayo es Luis Cardoza y Aragón, autor que escribió toda su obra fuera de Guatemala; la mejor, en México, país que lo reconoció como el primer crítico de arte de América Latina. El ensayo en artes plásticas tuvo, también, en Alaíde Foppa a una de sus máximas exponentes. Ella, como el autor de El río, novelas de caballería, desarrolló su trabajo creativo en México, que se convirtió en la capital latinoamericana del exilio contemporáneo, desde la primera mitad del siglo pasado. Foppa, conjuntó en su militancia política la lucha feminista y fue pionera, en los setenta, de dicha causa. Fundó, además, la revista Fem, junto con otras connotadas escritoras.
El género dramático ha tenido notables representantes, a partir del
Rabinal achí,la obra teatral indígena guatemalteca más representativa y la más representada, que presagiaba buenos derroteros para esta disciplina. La dramaturgia de Carlos Solórzano, el máximo exponente guatemalteco de este arte, surge en una búsqueda de renovación mítica
[11], con la dramatización del conflicto entre existencia y religión; esta premisa toma la forma de lo que él llama «auto histórico», a partir de la noción de auto sacramental. La magia de la fábula que trasciende, el sentido filosófico de la vida, la dinámica ceremonial y el plasticismo aborigen-hispánico convergen en el teatro de Solórzano para indagar lo que hay detrás de la fe y otras formas de concebir el mundo, la poética, en primer lugar. Solórzano se ganó el reconocimiento universal por su trabajo vanguardista.
Manuel Galich y Manuel José Arce, por su parte, se dedicaron al teatro de denuncia política, lo que provocó su exilio y muerte en el destierro. Ambos participaron, durante su estancia en Guatemala y fuera de ella, en la lucha de liberación que inició la clase explotada desde tiempos de la conquista y que en la época moderna tuvo su máxima expresión a partir de 1954.
Miguel Ángel Asturias, con la creación de Soluna, fundó el verdadero teatro guatemalteco, según Manuel José Arce, conjugando lo popular, lo indígena y lo literario. Sin conocer las entrañas de la dramaturgia, el escenario, el espectáculo —como sí lo manejaban Arce, Solórzano y Galich—, escribió varias piezas de manera intuitiva, espontánea. El aliento poético que caracteriza la obra asturiana en general, se manifiesta, también, en el género en mención. Según Arce, «Asturias, sin darse cuenta, sin ponerse en actitud de escritor de teatro, logra unas cosas maravillosas, que son sus fantomimas, poemas dialogados a los que no les da ninguna categoría teatral, pero que se han puesto en escena y resultan verdaderas joyas escénicas».
En la actualidad, el teatro casi desapareció en Guatemala, después del alto nivel desarrollado en los años setenta, en todos los niveles. Algunos factores que influyeron en la decadencia del género fue el exilio de sus principales representantes —debido al conflicto armado que vivió Guatemala durante 36 años, hasta el 27 de diciembre de 1996, cuando se firmaron los acuerdos de paz entre la guerrilla de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca y el gobierno de Álvaro Arzú—, o la muerte de algunos dramaturgos. Pero la guerra también inhibió la asistencia a las puestas en escena, pues el terror desmoralizaba a la gente para ir a actividades teatrales. Otro factor fue la competencia con los medios audiovisuales, que presentan teatro más ligero, con temáticas alejadas de la realidad social, divertimento, el simple espectáculo. Según Luz Méndez de la Vega, «es curioso que la mejor época del teatro en Guatemala también fue la de mayor represión. Los mejores teatristas del país trabajaron bajo dictaduras y ahora que tenemos espacios de mayor democracia y libertad de expresión, el teatro cae».
Como arriba se indicó, la estricta división genérica de las obras responde a una cuestión de método. Pero está claro que en nuestra literatura hay ejemplos de obras que no caben en una sola categoría, como la producción en prosa de Cardoza y Aragón, o la de Miguel Ángel Asturias, que escribió teatro en verso y su primer libro de narraciones, Leyendas de Guatemala, fue considerado «vida-sueño-poema» por Paul Valéry.
Por otra parte, este diccionario pretende no ser el armario en que se guarde de manera intemporal, inalterable en su clasificación, una materia fugitiva. Si en alguna de sus páginas se localiza el dato que brinde la información requerida por el estudioso, se hará patente su utilidad. Si, además, abre la posibilidad del acercamiento a la literatura guatemalteca, se cumplirá el objetivo para el cual se realizó.
Objetivo de este diccionario
Este trabajo tiene como objetivo contribuir a conservar y difundir el patrimonio literario guatemalteco. Para lograr tal propósito, se presenta el panorama de la literatura que, hasta la fecha, han hecho autores de distintas procedencias, oficios, aficiones, vocaciones. También, se pretende, con las limitaciones y carencias de no contar con estudios previos al respecto, servir de instrumento a investigadores, maestros, estudiantes y estudiosos de las letras de Guatemala y, en general, al público lector.
Metodología y fuentes
El plan de trabajo se estructuró en cinco etapas:
- Localización de los principales datos biobibliográficos de los escritores de los distintos periodos de la literatura guatemalteca. No se establecieron límites temporales; de manera que se pueden encontrar autores desde la colonia hasta la fecha actual.
- Elaboración de las fichas biobibliográficas correspondientes a cada uno de los autores localizados. Se consultaron diferentes modelos de fichas en obras prexistentes para elaborar la que adopté en este trabajo. Ante la diversidad de criterios de las casas editoriales para presentar las referencias bibliográficas, se procedió de acuerdo con los criterios editoriales más aceptados en América Latina y la clasificación establecida por la Unesco.
- Se formó un fichero de literatos en orden alfabético. Se intentó registrar la fecha, hasta donde fue posible, de cada obra mencionada, así como la datación completa de casas editoriales. Muchas de las fichas aquí presentadas son el producto de una investigación que continúa desde el exilio y cuyas fuentes son escasas. A pesar de los avances tecnológicos en el mundo, no existe un banco electrónico ni escrito de la literatura guatemalteca; tampoco se ha sistematizado su acervo bibliohemerográfico. Ésta es la causa por la que consigné material abundante en unos casos y en otros aparecen sólo datos elementales. Ante la disyuntiva de eliminar algunos autores por la exigua información con que contaba de ellos, opté por dejar los escasos datos y los nombres de todos los que han dedicado su trabajo a la literatura, más con la esperanza de seguir juntando, abundando, hurgando en un trabajo —que considero necesario y una obligación— que no deja de fluir y genera información diaria.
- Dos fuentes de apoyo fundamentales, que sirvieron de guía y modelo para la elaboración de esta investigación, fueron el Diccionario de escritores mexicanos, de Aurora M. Ocampo et al., y el Diccionario de literatura mexicana. Siglo xx, de Armando Pereira et al., trabajos pioneros en América Latina.
- Se realizó un estudio introductorio en el que se exponen las conclusiones obtenidas a partir del trabajo de investigación, y se presenta un panorama de la literatura guatemalteca en sus distintas épocas, corrientes y manifestaciones.
Las fuentes consultadas fueron, en esencia, documentales. Sin embargo, en el caso de escritores exiliados y, dentro de éstos, a los que residen en México, se les consultó de manera directa sobre su trabajo literario y su información enriqueció e imprimió un carácter más dinámico y fidedigno a los datos aquí consignados. Esto, que a simple vista puede parecer una desventaja respecto a los no entrevistados, o una falla de investigación, debe verse como un caso positivo, pues el balance final es satisfactorio por los datos obtenidos de primera mano. También, se entrevistó a autores que viven en Europa y Guatemala.
Por otra parte, cuando no coincidían algunos datos entre una fuente y otra siempre se buscó, por lo menos, una tercera referencia que ayudara a la veracidad de la información. Pero estos casos fueron escasos y se inquirió y procuró el dato fidedigno antes que la consignación apresurada del material recopilado.
[1] Francoise Perus, Literatura y sociedad en América Latina,Siglo xxi Editores, México, 1976
[3] Huberto Alvarado, Exploración de Guatemala, Ediciones Revista de Guatemala,Guatemala, 1961, p. 90-92
[4] En Miguel Ángel Asturias, casi novela,Era, México, 1991, p. 16 (Biblioteca Era)
[5] El saldo de víctimas por la represión, de 1954a la fecha, es de alrededor de un cuarto de millón de muertos y de un millón de refugiados internos y externos. A partir de 1954, con la imposición de Carlos Castillo Armas en el gobierno, se decomisaron libros que luego eran quemados. Francisco Morales Santos, refiere que durante este régimen de terror se hizo una exposición en el palacio de gobierno de obras calificadas prohibidas y se ordenó que fueran retirados de la Biblioteca Nacional los libros de los autores que a su juicio eran «sediciosos y trastornadores del orden público» (Nueva poesía guatemalteca, Monte Ávila Editores, Venezuela, 1990, p. 9). También, durante el gobierno de Castillo Armas, se promulgó la Ley Preventiva Penal contra el Comunismo (decreto número 59), que en el capítulo ii, artículo 8, inciso c, consideraba delito la «publicación, impresión, reproducción, distribución de hojas volantes o cualquier clase de propaganda comunista». Ésta fue la coartada para arremeter contra los libros, pues para el gobierno los libros que no editaba el Ministerio de Educación Pública eran de filiación comunista, aunque fuera sólo por el color rojo de la portada de algunos de ellos.
[6]Abrapalabra, núm. 8, Universidad Rafael Landívar, Guatemala, 1992
[7] Luis Cardoza y Aragón cuenta la siguiente anécdota, que le fue referida por el expresidente Juan José Arévalo, que retrata el medio: «Concluida una reunión con el gabinete, como de sobremesa, charló de lo que estuve a punto de gastar por mi cuenta, para regalarlo a Guatemala, en Thomasiada al sol de la iglesia y su doctor santo Tomás de Aquino, poema de fray Diego Sáenz de Orecurí, que es el primer librito impreso por nuestra primera imprenta, en 1667, instalada en los portales de Antigua. Se subastó en el Hotel Drouot, al igual que un ejemplar de la edición príncipe de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, que sin mayor dificultad compré con mi dinero y conservé algunos años, hasta que hube de venderlo por apuros inmediatos. El ejemplar pertenece todavía, supongo, a la biblioteca del presidente Adolfo López Mateos. Cuando apareció en la subasta Thomasiada, una voz suave aumentaba el precio. Respondía a mi vez con otro aumento que lo sobrepasaba mi rival. Cuando las pujas tomaron una seriedad comprometedora por lo considerable de la cifra, uno de mis amigos averiguó quién me impedía la adquisición. El librito andaba ya por varios centenares de dólares, de tal manera que mi empeño de subirle el precio podía revertirse, si se retiraba el otro postor y había de cumplir mi palabra. Me enfrentaba con la Biblioteca del Congreso de Washington. Nada tenía que hacer; lo obtendrían por lo que fuese. Cuando el presidente Arévalo contó la historia a sus ministros, el jefe de las fuerzas armadas, coronel Francisco Javier Arana, que poco después se alzaría, comentó: “¡Qué disparate que un folletito viejo pueda valer más que un buen par de ametralladoras!”» (El río, novelas de caballería, p. 635).
[8] Juan Fernando Cifuentes (Revista D, 49, Prensa Libre, 12 jun, 2005)
[9] Augusto Monterroso, Revista de Guatemala,vol. v, jul-ago-sep, 1946, p. 165
[11] Feliciano Wilma, «El mundo mítico de Carlos Solórzano», en Revista Iberoamericana, vol. lvii, abr-sep, 1991, p. 557